Y un día escribí…
Llueve fuera y me acurruco al lado del radiador envuelta en una manta, las manos entrelazadas alrededor de una taza de té de caramelo ardiendo. No hay quien salga y aunque no tengo internet escribo con la intención de mandarlo más tarde, una vez escampe y yo consiga salir de mi crisálida hogareña.
Aaron, mi compañero americano, toca la guitarra o lee a mi lado (depende en qué momento del relato te encuentres). Con él, con una chica belga y con un francés comparto un dúplex en los suburbios de Burdeos que rodean el campus. Es uno de esos edificios modernos hechos con materiales bonitos y baratos que se degradan pronto pero que por el momento, cuando apenas han pasado dos meses desde que se puso el último ladrillo, aparentan ser de diseño. Es uno de esos edificios modernos propios de los suburbios y de las residencias de estudiantes. Los estudiantes tragan con casi todo. Pero por el instante no es como si me estuviese conformando; realmente es muy bonito y practico; cuadrado y plástico. Cada uno de los apartamentos es idéntico al anterior de forma que si algún día te diese por volver a casa borracho y te confundieses de puerta, sólo tendrías la extraña sensación de que tu madre ha estado en casa cambiando los muebles de lugar. Porque sin duda los muebles de cada apartamento son también prácticamente idénticos (y sin duda más de una madre tiene la misma mania que la mía); el Ikea es la Meca de la decoración para todo estudiante; si se añade un trapito hippy en una pared y una guitarra en una esquina yastá; voilá la morada del estudiante alternativo-hippy, el más interesante de toda la manada, a pesar de todo; del siglo y la manada.
No hay cerraduras sino chips, no hay interruptores sino sensores: esto seguro que tiene algún significado simbólico que buscaré más tarde cuando me tome el segundo té. Ah! Y la curiosidad de tener un lavabo en cada cuarto; pero hay que ir poco a poco para no caer en la tentación de escribir en forma de lista de la compra, describir mi vida actual como una receta (de micro-ondas).
Quizá nuestra casa sea la menos equipada; con tanto extranjero de paso nos hemos conformado con poco y mucho de ello viene de la calle; muebles, ramas, señales de tráfico, palés. Hay una lámpara rota en un rincón cuya función nunca ha estado clara a no ser que sea ocupar ese rincón, si algún dia desapareciese de ahí todo el salón se vería transformado y nos sentiríamos confusos e incómodos, aunque no dijésemos nada al respecto, como si nos hubiésemos confundido de puerta y este ya no fuese nuestro salón. Así que la lámpara permanece ahí, velando por el bienestar de la convivencia. Sufre pequeñas transformaciones periódicamente, cuando nos da por sentirnos artistas y guarreamos con pinturas acrílicas. Nos pondría buena nota en expresión corporal, fruncimos el ceño y hacemos aspavientos con los brazos como hemos visto que hacen los pintores durante su furor creativo en las películas. Personalmente me resulta frustrante ver que poco sale de tanto espectáculo. Al menos la última vez el francés consiguió que saliese algo menos de escuela primaria para decorar nuestra mesa de centro (o “composición de madera y clavos a base de tabla y caja de fruta”). Aunque ahora apenas veo el dibujo (todo a tres colores, las tres pinturas acrílicas más baratas que encontramos), porque lo protegemos con papeles de las mil y una tazas de té y café que se posan sobre él cada día; otra cosa no, pero tés y cafés sí que hacemos en esta casa. Estos brebajes tienen algo de ritual; nos juntamos todos, llamados por el calor, el dulce y las sustancias excitantes; aunque no tengas sed en ese momento cuando, después de la comida, un compañero propone un té o un café (ya de antes todos tienen las orejas estiradas casi giradas hacia el que se acerca a las cacerolas, pronosticando el momento) se dice que sí, cualquier otra respuesta haría tambalear el ambiente de fraternidad y unión. A cada “oui, merci”, a cada chorro de agua hirviendo que se precipita sobre una taza, el vínculo parece más fuerte. Y no sé si es a golpe de té o recetas (por primera vez estoy explotando la vena cocinillas tan presente en mis genes) pero en este apartamento de plástico, de muebles huérfanos, de los suburbios de una ciudad estudiantil de población nómada, me siento en familia.
Si me paro a pensar, en realidad no podría decir demasiado sobre mis compañeros de piso, conozco pinceladas, intuyo el fondo pero nos quedamos más o menos en la superficie; es decir, poco más o menos como con la mayoría de mi familia sanguínea.
En las últimas semanas he pasado una parte importante de mi tiempo en casa, ya me empieza a llamar el exterior pero parece que después de haber batallado tanto para tener techo necesitaba saciarme de hogar, de esta necesidad primaria humana que en ocasiones sería más fructífero no tener. La ausencia de hogar te hace estar constantemente cuestionándote el momento, estar en tensión, estar pendiente, sobre la punta de los dedos, estar fuera. Llega un momento que es agotador que te metes en cafeterías y te quedas horas solo intentando dejar de sentir que te tienes que ir yendo, que solo estás de paso y tu sitio lo quiere otro.
Me he hecho experta en vestirme a la luz de la pantalla de un móvil, a salir sigilosa de habitaciones con mis bártulos e ir tirando sin mirarme al espejo y aún un poco mojada de la ducha, mal dada, intentando que no se mojen los calcetines cuando uno se viste dentro. He aprendido a estar más a mi aire con gente recién encontrada y a hacer una maleta. Pero quizá de lo que más orgullosa esté es de que estoy con gente que me encanta, lo entiendo como una prueba de que yo no estoy tan mal encaminada. Quiero pensar que es un síntoma de madurez ser capaz de elegir los amigos que quieres y te convienen, aquellos con los que te sientes bien y eres capaz de crecer. Sé que probablemente estos son sólo de paso, pero lo serán porque la vida avanza y no porque queramos huir los unos de los otros.
Me duele pensar en el final de enero, todo se va a tambalear, aquello que he conseguido construir, ir poniendo en pie en Burdeos se pondrá en riesgo pero ya se verá más adelante.
*
La borrasca se acumulaba turbia sobre nuestro tejado…
ahora no hace más que caer y nos tiñe de plomo.