Como en otra ocasión, guardando las distancias, coincidencias, baile y muerte se han mezclado. Esta vez para traer ocasiones perdidas en vez de oportunidades cazadas al vuelo.
Ayer, como todos los lunes, fui al local situado a 3/4de hora de mi casa para ensayar. Hablé con gente de otros grupos, me cambié, empecé a calentar…sin que me dejase de extrañar “La primera en llegar ¿yo?”. A los cinco minutos llamé a una compañera para confirmar lo que ya sospechaba: no había clase, había habido una confusión en los mensajes y a mí nadie me había informado.
Vuelta a cambiarme y a la calle. Tenía exceso de energía, el servicio de transporte público no se prestaba con normalidad y, además, la idea de meterme bajo tierra me espantaba; empecé a seguir, varios pies por encima, el sendero de la línea de metro. Me orientaba uniendo paradas como se unen puntos en los libros de pasatiempos de los niños, hasta formar dibujos.
Derepente me di cuenta de que estaba a la altura de Tetuán. Y se esbozó, casi imperceptible, la idea por primera vez. Pensando en mi pereza y temiendo no saber cómo actuar en ese tipo de situaciones, pensé que terminaría por ignorarla.
Sin embargo, a medida que me acercaba a la zona, vi como mis pasos se desviaban por decisión propia, como me llevaban por callejuelas con una dirección clara. El paso se ralentizaba meditabundo a medida que me aproximaba a mi destino, y una vez estuve delante de esa casa no me cabía en la cabeza que hubiese podido pensar en no cumplir mi idea.
Unos hombres gordos bebían riendo en el bar de la esquina. Pasaron dos inmigrantes corriendo, hablaban atropelladamente. Me apoyé en una pared brillante de granito rojo. Miraba fijamente las ventanas del edificio de en frente e intentaba ver a través de las persianas blindadas al calor del asfalto.
Me golpeó como una piedra, una corazonada que chillaba alto y claro. Una cuerda de energía que me atraía hacia uno de esos apartamentos. No tenía dudas. Ir era la elección correcta. Sólo necesitaba saber el piso; impaciencia mientras espero a que mi padre coja el teléfono y me lo diga.
¡Tenía que hacer esto, tenía que hacer esto! Me aturdía la violencia del presentimiento.
Debía, simplemente, estar en ese cuarto sosteniendo su mano aunque fuese en silencio. Bastaban la intuición y el sentimiento.
Pero mi padre no estaba de acuerdo: “no puedes presentarte en la casa de un enfermo así como así. Está muy cansado. Llama y ve otro día que tal vez esté un poco mejor”. Pero , pero…y si yo no había tenido baile por algo, y si el metro iba mal por algo… ¡Era lo que tenía que hacer! Me desesperaba con las travas de la vida, del protocolo. La verdad era lo que me decía mi cuerpo…tan claro como la piel transparente de ese enfermo.
*
Post-it: Siempre hacer caso a las intuiciones.
Hoy a las 13:20 el tío Ángel ha muerto a los 51 años; tres más tarde de lo que pronosticaron los médicos al encontrar el cáncer que le plagaba.
No le llegué a ver.
La primera muerte que vivo.
Martes 23 Junio de 2009