Cuando menos preparado está uno, cuando más abstraído en sus asuntos, un encuentro le encuentra.
Volviendo a casa de clase; el paso lento y torpón, cabeza gacha, mi campo de visión; un libro.
Una mano reaching from “nowhereness” se agarra a mi hombro. Puede que alguna parte profunda y oculta de mi subconsciente ya hubiese percibido, más allá de las páginas, la borrosa silueta de pelo-afro. No puedo asegurarlo.
Como decía, una mano me agarra el hombro y me devuelve a la realidad con un “¿…umm?” de los que se emiten cuando te despiertan de una siesta. Aun antes de que me de tiempo a formular su nombre, ya le estoy sonriendo, le he dado dos besos y le sujeto un brazo. ¡Más de un año sin verte! y un tanto más sin besarte. Todavía quedan mensajes tuyos, de aquellos últimos, en la memoria de mi viejo móvil que ahora me he visto obligada a recuperar.
Todo vuelve a mi mente deprisa, de un tirón, más rápido que el pensamiento, mis gestos se amontonan.
Ni yo misma sabía cómo reaccionaría si te volvía a ver, me daba algo de miedo…ahora me sorprendo y me alegro de que lo que me produces sea cariño y felicidad. En alguna broma hayo la excusa para abrazarte, aunque levemente, con aire.
Me pones al día en tus proyectos y yo te miro directamente a los ojos. Me doy cuenta en un segundo de cuantísimo he cambiado desde que estuvimos juntos, en parte, probablemente, a raíz de ti. Me siento extrañamente fuerte. Tú me preguntas sobre mis estudios, siempre quisiste que me aplicase a fondo en ellos. Representan la oportunidad que no tuviste, substituidos por encuentros en un ring y peleas callejeras en los pueblos de Bahía. Te han llegado algunas noticias sobre mí de unos y otros; estás acostumbrado a que la gente desaparezca sin dejar rastro, etc.
No creo que sea por ninguna razón en particular, pero no me miras a los ojos, me gustaría. Observas mi boca y soy extrañamente consciente de como se mueven mis labios al hablar, me quema una herida en el lado izquierdo del labio inferior, se dilata enorme bajo tu mirada.
Piensas en quién puedo haber estado besando últimamente o si me veo con alguien a diario. Yo tampoco puedo evitar pensar. Hoy vas de camino al Retiro, de picnic (”un poquito de só pra ishtar mais negro en el cashting de magnana kakaka (risa brasileira)”), y fácilmente me imagino a una chica esperando ahí, lleva esperando una hora; no has cambiado, continúas llegando infinita y tranquilamente tarde.
Me recuerdas que tienes guardado un regalo para mí, un libro de canciones para guitarra que solía hojear en tu casa con versos escritos de tu puño y letra. En este instante afloran sentimientos contradictorios; la alegría, la luz, se mezclan con una especie de repulsión y rechazo. Dudo mucho que me gustase volver a quedar.
Vuelven recuerdos olvidados; viajes de metro, la calle hasta tu casa, el olor de tu cuarto, el sonido de chanclas y el tacto de tu mano áspera de capoeirista. Me acuerdo de cómo tuve que cambiar de crema hidratante cuando acabamos porque llegó el punto en que confundía el aroma de nuestros cuerpos y mi propio olor me recordaba a ti. No podía soportarlo.
Todo lo malo se destruye con el tiempo, atesoro lo bueno; tú eres brillante, tienes voz de miel y aprecias el viento.
Al despedirme le doy otro par de besos, hoy es el primer día que nos los damos sin tensión, naturalmente, sin segundas intenciones. Mi mano se desliza por su brazo suave, oscuro, tatuado, hasta desembocar en su mano. Y se quedan así un segundo, sosteniéndose, mi izquierda y su derecha… antes de que él y yo sigamos cada uno por nuestro lado.
