“Una mañana más, el mismo trayecto; dos manzanas hasta la boca de metro y después el interminable tramo de escaleras mecánicas de La Latina que parece el descenso al infierno. Hoy tengo sueño y el abrigo que tanto agradecía hace unos segundos ahora es demasiado caluroso; me sobran bufandas, pieles y forros por todas partes… Ya llego al andén, el próximo metro no llegará hasta dentro de cuatro minutos. ¡Qué calor! Una pegajosa gota de sudor se resbala lentamente por mi espalda. Me pesa la mochila. Traqueteo. El tren entra en la estación de una vez. Hay demasiada gente y para lograr entrar voy a tener que esperar al siguiente. Sin duda llegaré tarde otra vez…
Pero ¿y éste qué hace?
Un guardia permanece hipnotizado a un metro de distancia de uno de los vagones. Inmóvil, con la mirada fija en un punto que no soy capaz de precisar. Parece divertirse, ahí, de pie, con las manos entrelazadas en la espalda, balanceándose de satisfacción, como un niño que observa el escaparate de una tienda de chucherías, uno de esos como el de Caramelos Paco. Ya no cabe duda de que se lo está pasando en grande, no puede contener una sonrisa y su cara redonda se vuelve aun más rosada…pero sigo sin saberlo; ¿qué observa?
El tren arranca.
Y en un instante comprendo la fascinación del guardia.
Ahí, delante de mí, empezando a difuminarse por la aceleración, se desplaza una estampa realmente sobrecogedora. Un ojo poco entrenado probablemente ve, como las demás mañanas, el metro en hora punta; cuerpos que se agolpan unos contra otros desafiando las leyes de la física, renunciando a su espacio vital… pero en ocasiones semejantes, escenas tan corrientes, sin explicación ni motivo, sufren una transformación; les bendice una simetría espontánea que convierte lo ordinario en arte y lo inconcluso en perfecto; perceptible sólo para aquel que quiera verlo. Pues bien, eso es lo que sucede ante mí, e indiscutiblemente también ante aquel guardia; delante nuestro no aparece un vagón atestado de personas que frenéticamente luchan por llegar al trabajo, sino una composición cuidadosamente constituida…cada brazo, cada torso, caza mano y cada cuello retorcido tiene una armonía perfecta que parece ordenada por un artista…la obra maestra del cubismo…
…sin haber sido pintada, se desliza efímera ante mi vista.
Y entonces… me replanteo la genialidad de Picasso. Ya no tengo tan claro si el tío este era tan original y rompedor como se le ha considerado o si sólo había archi-utilizado lo visto en un par de trayectos en metro. La idea me ronda la cabeza un buen rato y cada vez que me acuerdo de ella me resultan más cómicas ciertas escenas que nos plantea la vida ;
…al final no va a ser tan mal día.”
Picada por la curiosidad hice un poco de investigación y las fechas hablaron por si solas:
Picasso (1881-1973) se instaló en París en 1901. Comenzó a desarrollar el protocubismo en 1906 llegando al esplendor del cubismo a partir de 1908.
El primer metro se construyó en Londres en 1863, y … en París en 1900.
hum hum hum…Pablo, te hemos pillado.

