No soy rara. Yo lo llamaría ser impulsiva…no reflexiono sobre lo que voy a hacer, sólo actúo, me dejo llevar por los impulsos. Sí, es eso. Hay bastante gente que critica mis actos pero creo que lo hace sobre todo por frustación; ellos también desean ser lo suficientemente valientes para ser espontaneos, fieles a sus instintos.
Me gusta ser rara. Me encanta descolocar, ver como les cambia la cara al quedarse en blanco y como sufren por un instante sin saber como reaccionar. A veces su desconcierto es casi imperceptible pero intuitivamente soy capaz de captar una pequeña dilatación de las pupilas, un tic en la mejilla, la tensión en el maxilar…en esos momentos se me alargan los ojos, toda la cara, como un gato al que se le hace ronronear.
Supongo que tú tampoco habrías comprendido mi comportamiento. Por eso me vi forzada a ir cinco metros detrás de ti, escondida por la multitud. Pero eres tú el único culpable por lo que me he visto obligada a esto.
Yo quería una peli, sólo eso. Sin embargo te empeñaste en buscar mi mirada, la sostenías, la absorbías mientras me pedías los datos necesarios para el alquiler. El primer día no pasó a ser más que una anécdota pero con el tiempo esa mirada me minó hasta convertirse en una obsesión. Sólo veía, pensaba, pintaba ojos negros descarados. Bajé al videoclub compulsivamente sacando más películas de las que me daba tiempo a ver. No me bastaba ya con eso. Aunque no lo demostrases debías sentirlo tú también.
Aquel día me vi obligada. Debía saber dónde vivías.¿Imagínate que cambiases de empleo? ¿Dónde podría encontrarte? Además era necesario asegurarme de quién era esa chica que te acompañaba.
¿Qué querías que hiciese? Cerraste el videoclub a las 23:07, emprendiendo el camino, que ya sospechaba, hasta el metro. Te seguía de cerca, a veces casi imprudente. Pronto me di cuenta que mi abrigo blanco era poco discreto pero algo que no entendía de cautelas me arrastraba, me obligaba a continuar. Fui consciente de que mi expresión delataba un ansia animal porque las personas que pasaban a mi lado apretaban o disminuían el paso, algo asustadas, para alejarse de mi…Intenté moderar mi mirada desorbitada y me introduje en un vagón contiguo al tuyo. Vijilaría a través de la ventana tu descenso. El tren arrancó y las estaciones empezaron a sucederse. Yo esperaba paciente en el asiento de la esquina.
Dependiendo de la parada el número de pasajeros que subían o bajaban variaba. En algunas el ambiente se hacía sofocante y tenía dificultad en atisbar lo que pasaba al otro lado del cristal. Entonces me enervaba, me revolvía de rabia e inquietud en mi asiento propinado a aquel sentado a mi lado algún codazo descontrolado pero yo me mantenía impasible a las miradas de desaprobación y los chasquidos de lengua por digusto que me dirigían.
El tren seguía su curso…
….proxima estación…”El capricho”
cuidado con intrucir el pie entre coche y andén…
….correspondencia con linea 7
Empecé a imquietarme; las paradas se deslizaban ante mi, los minutos pasaban y el vagón quedó desierto. Lo único que acompañaba mis pensamientos era el inagotable chirriar de las ruedas metálicas contra las vías y el resoplar de los frenos en cada parada. Parada en la que yo tensaba todos los músculos preparada para avalanzarme sobre el andén si te veía en él.
Pero nunca llegaba el momento. ¿Te habrías escapado en algún instante de despiste? Me torturaba esa posibilidad. Consideré abandonar la persecución pero aún quedaba en mi una pequeña luz de esperanza que me ataba al asiento plástico.
Pasó la media noche. Me sorprendía la longitud de la linea de metro. ¿Tantas ampliaciones habían hecho? Decidí consultar un plano; leí, releí, tracé con el dedo el recorrido que terminaba en seco, como un riachuelo que se agota en sal, sin incluir las estaciones que ahora recorría mi vehículo. No podía comprender, me costaba asimilar cualquier tipo de información, la realidad tenía brillo de ciencia ficción.
Derrepente pareció acabarse el trayecto, descoyuntadas las puertas se abrieron…perdida, tambaleante bacilé sobre si descender. Todo me era extraño. Metálico. Mecánico.
Di un paso fuera del tren como si fuera el primero de mi vida.Todo era perceptible; cómo se estiraban y contraían los ligamentos de mi pie, el crujir de mis huesos al tomar contacto con el suelo y el peso. El peso de todo mi cuerpo que embutía la carne del talón contra el cuero de la zapatilla.
” ¡Usted, señorita! Vuelva al tren inmediatamente si no quiere quedarse. Éste es el último que saldrá de aquí.”
El hombre del uniforme oscuro agitaba los brazos para darme a entender su orden y como una niña pequeña a la que se pilla en una travesura me escurrí, diminuta, como una lagartija, de vuelta a mi asiento angular.
El esqueleto de metal resopló una vez más y las puertas impactaron una contra otra, cerradas.
Fue en ese instante cuando comencé a sentir frio. La obsesión y el calor de la pasión quedaban muy lejos, substituidos por un sentimiento de creciente incertidumbre heladora que ahora me atrevo a denominar pavor. Mis sentidos quedaron entumecidos, mis extremidades colgaban entorno a mí ajenas al resto del cuerpo (inconexas) como enormes y pesados trapos mojados, inertes.
Una presión me empujaba los hombros contrayéndome y dotando a mi espalda de una deforme joroba que hacía el respaldo insufrible.
Empezó a atormentarme un ruido que me martilleaba las sienes hundiéndolas hacia el interior del craneo como si un repugnante duende de uñas infinitas y astilladas tuviese como pasatiempo empurjarlas a la cavidad donde ahora dudaba estuviese mi cerebro. La grotesca criatura era invisible pero una pestilencia desvelaba su presencia.
Tardé varios minutos en darme cuenta que era mi corazón el compositor de la sinfonía que hacía insufrible mi existencia. Los pies, dilatados, también palpitaban al son del mis ritmo.
En algún momento durante mi delirio fui consciente de la presencia de nuevos pasajeros que ocupaban asientos salteados a lo largo del vagón. Los veía indefinidos; manchas difuminadas de colores salpicados en el fondo de una fotografía borrosa. Entre esa niebla se recortó ante mí la silueta de una mujer que me daba parcialmente la espalda.
Vestía un vestido irregular, demasiado largo por una esquina, excesivamente corto por la otra. Un vestido púrpura y negro, de licra, que se ajustaba a su cuerpo marcando a la vez huesos salientes y cúmulos de grasa apretados por la goma de la ropa interior. Bajo los pies, dos vastas plataformas rojas la mantenían separada del suelo que cosquilleaba el bolso que había dejado colgando, balanceándose con el movimiento del tren, de la punta de sus dedos. Apenas lo sujetaba dando la impresión de que caería de un momento a otro. La mujer había dejado de cortarse las uñas hace tiempo y ahora comenzaban a curvarse, descuidadas, como garras de ave de rapiña. Toda ella desprendía un recuerdo de pajarraco; el chal deformado sobre sus hombros; la curvatura de su espalda; su piel amarillenta, gruesa y rugosa, ahumada por tabaco negro; su aspera y voluminosa cabellera rubia de raíces negras y canas…plumas tricolores erizadas.
Se sintió observada porque con un movimiento brusco, como una lechuza, giró toda su cabeza hacia mí. Su mirada voló por encima de mí sin verme. Su tez se asemejaba a un pergamino al que se ha doblado demasiadas veces, gris, amarillo, ajado, olvidado. La frente se derrumbaba por encima de dos finísimas cejas garabateadas al igual que los labios que, inexistentes, habían sido dibujados irregulares con carmín donde debían encontrarse.
Como una premonición vi contraerse los músculos de su pómulo derecho y esta vez mis ojos atemorizados sí encontraron los suyos. Unos ojos sin pupila, opacos, manchados por chispas de sangre, con párpados púrpura igual que el pellejo que, bajo ellos, quedaba colgando flácido como si hubiese sido añadido al rostro con posterioridad, travistiéndolo.
No sé si fue la dureza de su mirada que generó una tesión casi palpable entre las dos; algo me impactó en la cabeza girándola bruscamente, haciendo crujir cada una de las vertebras del cuello. Con un chasquido final mi cabeza se detuvo sacudida sólo para encontrarse cara a cara con otro viajante aún más tétrico. Mantuvimos contacto visual durante apenas un segundo pero su cara quedó gravada en mi retina y me atormentaba dibujandose ante mí cada vez que cerraba los ojos.
Un rostro desembocado en una enorme papada de cortinas de grasa superpuestas que descolgadas cubrían un vasto cuello; cuyas mejillas parecían derretirse sobre el resto de los rasgos. Éstos apenas rellenaban la cara; una diminuta nariz de amplios orificios, unos ojos hundidos, como canicas incrustadas, que no paraban de temblequear , inquisidores intentando percibir todo sin llegar a captar nada fuera de la esfera que delimitaba entorno a si con su vista. Invisible.
Todo él brillaba bañado por un sudor espeso como mucosa de sapo que desprendía el aroma amargo de orín y alcohol. Unas enormes orejas rojas de lóbulos colgantes y mechones grasosos enmarcaban el cuadro de su estampa.
Un nuevo golpazo mandó mi cabeza hacia el sentido opuesto donde otra criatura acechaba. Un perfil de estatua inacabada, sin frente, descascarillada, con la huella de los dedos de su creador aún impresos encima de nariz y labios, asfixiándola. Entonces la boca se entreabrió con un movimiento arcilloso y un líquido verde salió de ella chorreando en la barbilla, surcando la cerámica a su paso.
El siguiente zarandeo no me sorprendió y conseguí frenar mi cabeza, jadeando, inflando y desinflando todo el torso al respirar, fijando mi vista en un charco de líquido viscoso naranja fosforito que inundaba el suelo neumático.
Bien por el movimiento del vagón o por voluntad propia, ocho finos reguerillos nacieron del charco. Increiblemente finos, como hilos, se separaron del suelo arqueados, unidos entre si por una burbuja del mismo líquido que comenzó a elevarse a su vez, soportando su peso en aquellas fibrillas, formando un gran arácnido de cuerpo coloide que se desmembraba en goterones viscosos, naranjas que sembraban un camino a su paso.
La araña comenzó a desplazarse con movimientos quebrados. Cada articulación una tuerca. Supe que ésto avecinaba antes de que ocurriese; el viscoso ser estiró sus largas patas y con la misma facilidad que caminaba por el suelo lo hizo por la barra y los asientos contiguos al mio…nunca parando su trayectoria, nunca desviándose… hasta que sentí su caricia en mi nuca , hombro, pecho, mejilla y la humedad y el peso de las gotas desprendidas intermitentemente sobre mí. Permanecí paralizada con la esperanza de que el animal siguiese su curso pero aún ahora lo noto moverse en torno a mí, mientras llevo un tiempo inestimable manteniendo fija mi vista en los restos del charco fosforito, con miedo a cruzar la mirada con otro ser o incluso conmigo misma al verme reflejada en el cristal rallado por las llaves de personas que me habrían atemorizado… en otra época.