No le echaba de menos por las mañanas. Ahora era libre de quedarse con toda la manta, dar vueltas de un extremo a otro de la cama y levantarse, al fin, como y cuando ella quería.
Le encantaban las mañanas; constituían para ella una de esas fascinaciones que persiguen a uno desde niño. Abrir una rendija entre los párpados con la primera luz del día que se colaba en el cuarto difuminada a través de las cortinas…y seguir jugando unas horas con el sueño y el despertar. El leve canto de las golondrinas ¿o eran vencejos? cazando insectos. “Una cruel danza de vuelos que tejen muertes crujientes al ritmo de picos inclementes.”Habían sido las palabras de él para describirlo; siempre le habían inquietado las leyes de la naturaleza; en especial los insectos y su resistencia a morir; podías aplastar una hormiga y largos minutos después encontrabas alguna pata luchando por seguir su camino.
“Me fascina tu simplicidad de percibir las cosas, las captas en sí y no buscas más allá. Es un misterio para mí tu forma de entender el mundo y me atrapa”. A ella le enamoró la profundidad con la que le dirigió la palabra, el constante enigma que rezumaba y su olor. Aquel aroma cuyas notas que le asaltaban a la memoria; espliego envolvente, resina de tabaco de pipa, té agrio y una gota amarga de su propio sudor. A veces se sorprendía sumergiendo la nariz en la almohada, las sábanas; se veía a si misma como un perro de presa matao de hambre, un pellejo cubriendo huesos, que rastrea la maleza en busca de una presa que cure el ansia, una famélica de su aroma. Aquella esencia fue lo último que quedó de él en la casa tras el portazo.
Ni una sola llamada más, ni un mensaje prolongó su presencia en la vida de ella. Ni tan siquiera una contestación al último correo. Tal vez fuera mejor así, se dijo. Era para bien, se dijo. Ya está, se dijo. Suspiró.
Había terminado de encajar el último mechón de pelo en el moño, un toque de brillo en los labios…y a la calle.
Un día agradable. El metro atestado. Se escudó tras un libro y subió el volumen de los cascos; sonaba una de esas canciones que él le había presentado, de sonidos abstractos, profundos, espesos, ponzoñosos de voces femeninas rasgadas que ella siempre había considerado lloronas pero que había terminado por apreciar. Él y sus gustos de artista hastiado, él y su ambigüedad, él y aquella irritante manía de pasarse la yema de los dedos sobre los labios una y otra vez, como en continua duda, inquietud, soñando ( ¿ )despierto (?).
Se dibujó por encima del límite de la página que leía la mirada de un extraño. La apreciaba sin definición, pero fija, vaciló sobre si enfocar el campo de visión un par de centímetros más arriba y coincidir con ella. Se decidió y por un segundo parpadeó, y ofreció su mirada al extraño; sus ojos se buscaron, chocaron y esquivaron. De vuelta al libro-el punto y aparte perdido-la redibujaba…intensa, profunda, cobriza.
Una multitud entró a tropel y la arrastró(¿se arrastró?), la empujó (¿se empujó?) hacia él; no cesaba su mirada estática sobre el libro. Y le sintió cerca, tras ella.
Ella le miró por el rabillo del ojo; se dibujó el perfil de su mandíbula, ofreciendo su cuello y anticipando el principio de sus hombros. Y a escasos centímetros de separación llegaron a ella oleadas de calor y aroma del cuerpo cercano; su pituitaria experimentada cazó al vuelo una esencia que a la vez la atrapó y desencadenó algún oculto instinto; fallándole las fuerzas en las piernas.
Y tal vez fuera por eso o por su incorregible naturaleza impulsiva pero el hecho es que cuando él le puso la mano en la cintura y la atrajo hacia si para que le acompañara…bajó del vagón y le siguió.
***
Despertó, despejada, de un sueño ligero, entre almohadas ajenas de una cama extraña. Las sábanas eran “brillantemente” blancas, como recién estrenadas, conservaban pliegues perfectamente simétricos y ese olor impersonal, algo plástico, no como el del resto del apartamento. Apenas había tenido ocasión de ver más que el dormitorio, era simple, geométrico, impecablemente limpio…y sin embargo aquel olor que no conseguía identificar; más seco que el jazmín pero igual de embriagador.
Rodó sobre si misma y volvió a relajarse abrazando un cojín de plumón, se sumió en un letargo escuchando el agua de la ducha que empezaba a correr.
*
Desde la puerta entornada del baño la vio girar sobre si misma con intención de seguir descansando; su espalda quedó al descubierto, atravesada por el dibujo serpenteante de la espina dorsal. Estaba tranquila; no sospechaba. Realmente no tenía nada por lo que preocuparse; era un experto, y una vez más había hecho un buen trabajo.
Había supuesto horas de esfuerzo que le habían costado sudor, uñas y piel; pero ahora no quedaba ni una sola partícula delatora. La casa era un ejemplo de pulcritud…salvo por ese olor.
No lograba quitárselo de encima y parecía fermentar con las horas, volviéndose dulzón y pegajoso. Le repugnaba, le revolvía por dentro. Le hacía sentir aún entorno suyo al jodido bohemio fuma-pipas que se había aferrado a la vida cuando ya le correspondía estar remuerto; ofreciendo resistencia hasta el último instante antes de caer tendido como un pesado muñeco desvencijado, una piñata rota escupiendo sangre a borbotones que él dejó fluir sobre si mismo.
*
Hacía mucho tiempo que no se sentía tan a gusto, tan tranquila, había algo en el ambiente que le hacía sentir en casa. La envolvía y la calmaba … y como una creciente voz al principio imperceptible, como una alarma que va cogiendo fuerza…algo en su mente se fue formulando; una conexión repentina entre sentido y senbilidad, y la identificación de una esencia; tallaron terror en sus ojos y la dejaron en suspenso…
Una mano fornida se posó sobre su clavícula.